21 de abril de 2010

Antes de dormir.

Un día voy a dormir para soñar
y ya no voy a regresar...

Antes de comer.

Que tus manos sean la canasta de mis frutas.

Jegomros

Orquídea herrante

"...y para qué decirlo
si por no hacerlo
la había perdido..."

Leticia Iñarritu.

15 de abril de 2010

Casa mexicana



'Estamos lejos, muy lejos de casa. Nuestra casa está lejos, muy lejos de nosotros', canta Bruce Springsteen. Y así se siente vivir en México en estos días atribulados. Lejos del hogar y cerca de todo aquello que lo acecha. Lejos del sosiego y cerca de la ansiedad. Lejos de la paz y cerca del miedo. Siempre alertas, siempre nerviosos, siempre sospechando hasta de nuestra propia sombra. Invadidos permanentemente por el temor fundado a caminar en la calle, andar en el auto, abrir la puerta, parar a un taxi, cobrar un cheque, sacar dinero de un cajero automático, recibir la llamada de algún secuestrador, perder a un hijo, enterrar a un padre. Aristófanes definió la casa como el lugar donde los hombres prosperan, pero hoy en México, la casa colectiva se ha vuelto el lugar donde demasiados mueren. Acribillados por un narcotraficante o asaltados por un delincuente o baleados por un policía o asfixiados por un miembro de la banda 'La Flor'.


Ante ello, la realidad -trágica, impactante, desgarradora- es que los caseros en la clase política no saben qué hacer. O peor aún: aunque lo sepan no parecen dispuestos a asumir la responsabilidad que les corresponde. Basta con examinar la reunión reciente del Consejo Nacional de Seguridad Pública y sus secuelas. Las caras largas, los discursos solemnes, las promesas reiteradas, las declaraciones enérgicas, el mensaje de 'ahora sí'. Allí están los 75 compromisos contraídos incluyendo la depuración de las policías y la creación de unidades antisecuestros y la construcción de penales federales y la regulación de la telefonía móvil y una nueva ley para combatir el delito del secuestro y una nueva base de datos entre tantos más. Compromisos encomiables. Compromisos aplaudibles. Compromisos anunciados con anterioridad, reciclados una y otra vez.


Porque no importa cuántos consejos se instalen o cuántas cumbres se organicen o cuántos compromisos se enlisten o cuántos discursos se pronuncien o cuántas marchas se organicen. México continuará siendo el tipo de país convulso que es mientras los criminales no sean castigados. Y eso jamás ocurrirá mientras los íconos de la impunidad sigan habitando la casa de todos, en lugar de ser expulsados de ella. Mientras los que violan la ley permanezcan en el poder, en lugar de ser removidos de allí. Mientras los responsables de la violencia promovida desde el Estado sean convocados en vez de ser sancionados. ¿Qué credibilidad puede tener el Acuerdo por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad cuando Mario Marín lo suscribe? ¿Qué credibilidad puede tener una iniciativa para sancionar el secuestro cuando Ulises Ruiz la avala? ¿Qué credibilidad puede tener un esfuerzo por fomentar la transparencia cuando Romero Deschamps lo firma? ¿Qué posibilidad de éxito puede tener una cruzada contra el crimen enarbolada por quienes lo han perpetuado?


Ah, la raíz de todo es la impunidad, aseguran todos. 'El crimen creció gracias a la impunidad', dice el Presidente. 'La proliferación del crimen no puede entenderse sin el cobijo que muchos años le fue brindando la impunidad', reitera. 'La frustración ciudadana apunta a la impunidad con la que actúan los delincuentes y al grado de encubrimiento o franco involucramiento que ha desplegado el crimen organizado', argumenta. Tiene razón. Pero el problema es que Felipe Calderón y muchos otros miembros de la clase política se refieren a impunidad como si no hubieran contribuido a institucionalizarla. Como si la impunidad fuera un fenómeno desvinculado de su propia actuación. Como si la culpa fuera tan sólo de ciudadanos apáticos y una sociedad que ha perdido los valores. Como si la impunidad no hubiera sido fomentada por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y presidentes acomodaticios. Como si los sentados en el Consejo de Seguridad la semana pasada no hubieran contribuido -desde hace décadas- a hacer de la impunidad una condición sine qua non del sistema político.


Para comprobarlo le pido a los lectores que hagan un experimento intelectual -sugerido por mi amigo, el embajador Alberto Székely- y respondan a las siguientes preguntas. ¿Qué pasaría si hechos similares a los del 2 de octubre de 1968 ocurrieran hoy en el 2008? ¿Qué ocurriría si el Ejército disparara contra civiles desarmados? ¿Cómo responderían el sistema judicial y sus instituciones? ¿Presenciaríamos a un Presidente que reconoce culpas o le permite a los militares y a Juan Camilo Mouriño evadirlas? ¿Presenciaríamos a una Suprema Corte que se erige en defensora de los derechos humanos y las garantías individuales o que las ignora como en el caso de Lydia Cacho? ¿Presenciaríamos a unas televisoras que reportan cabalmente lo ocurrido o aplauden al Presidente por actuar con la mano firme mientras celebran que 'fue un día soleado'? ¿Los partidos se aprestarían a denunciar a los responsables o intentarían 'blindarlos' como hace hoy el PRI con Mario Marín? ¿La impunidad inaugurada hace 40 años sería combatida por todos los niveles de gobierno o más bien los involucrados intentarían protegerse entre sí?


Éstas son preguntas relevantes porque apuntan a lo que Graham Greene llamaría the heart of the matter, 'el corazón del asunto': un sistema político y un andamiaje institucional construidos sobre los cimientos de la impunidad garantizada, la complicidad compartida, la protección asegurada, la ciudadanía ignorada. Un sistema que sobrevive gracias a la inexistencia de mecanismos imprescindibles de rendición de cuentas como la reelección. Un sistema que continúa vivo a pesar de la alternancia porque en realidad jamás fue enterrado. Dado que nunca hubo un deslinde de las peores prácticas del pasado, sobreviven en el presente. Dado que nunca hubo un Estado de Derecho real, ahora resulta imposible apelar a él. Dado que nunca se diseñaron instrumentos para darle peso a la sociedad, ahora no acarrea grandes costos ignorar sus demandas o atenderlas teatralmente con la instalación de un Consejo.


Por ello el verdadero reto para el gobierno y la sociedad es entender el significado de un verdadero 'hasta aquí'. Y eso entrañaría ir más allá de las 75 medidas contempladas hasta ahora. Entrañaría combatir la cultura de la impunidad en los lugares donde nació y creció: en Los Pinos y en el Ejército y en el SNTE y en el SNTPRM y en la Secretaría de Gobernación y en la Quinta Colorada de Tabasco y en la gubernatura de Puebla y en las mansiones de Arturo Montiel. Porque si no somos capaces de alzar la vara -como lo exige Alejandro Martí- para medir el daño que la clase política le ha hecho a la casa mexicana, será cada vez más difícil convivir en ella.


Denise Dresser

24 de marzo de 2010

Cada día.

El sol deslumbra mis ojos

Veo borroso, como detrás

De una tela de tono azuloso.

¿Cómo será estar tan fuera de la oficina para poder ver claramente lo que sucede en el mundo de los destinos forjados a pasos pensados? Al estar enclaustrada por más de 6 horas en el mismo sitio, por 5 días a la semana, uno comienza a preguntarse si desde hace el último contrato firmado, con exclusiva tinta negra, tomó la decisión correcta. Si acaso la profesión más cotizada por el valor monetario que representa, será el camino a la alegría constante y tan sonante como el dinero que cae de las quincenas. La respuesta inequívocamente es que no es la decisión correcta, que hoy debí estar sentada frente a mi constante nada, para llenarla de creatividad y de significados hechos por segundo. ¿Cómo?, pues a través de lo plácido irrevocable del crecimiento constante del interior. Pero al segundo de pensar en ese henchimiento interno, me absorbe el vértigo de no saber si cabré en mí misma, de no saber si puedo crecer de adentro hacia afuera, de no saber si me dolerá tanto como mi decisión anterior. Pero aún así, quiero lanzarme al vacío. Para probar suerte tal y como en las ocasiones pasadas, al creer estar tomando la decisión más correcta del día, de la semana, de la vida.

Y sucede, en momentos de lucidez, que cada vez, en cada tropiezo, en cada deseo, en cada vértigo, en cada espasmo de miedo, en cada duda, en cada incertidumbre, en cada firmeza, en cada tambaleo, en cada uno de los creídos errores, he tomado la decisión correcta, por la sencilla razón, de poder estar aquí, hablando de que soy razonable y hasta sensible. Teniendo de nuevo mareo y ceguera por el camino andante y delante. Sintiendo que he dado otro paso de comprensión que no hubiera dado, de haber estado en otro lado.

Y aunque esté molesta de tener las asentaderas un poco acostumbradas a los sillones de recatada oficina, sé que mi alma vuela, cuando me aumento las horas de trabajo al escaparme por unos instantes del horario establecido de laborar el camino, para poder escribir lo que ya no me cabe dentro. Y entonces, al estar caminando, segundeando, coloreándo los ojos, contemplando, y aún así trabajando en lo convencionalmente tibio y aceptado, sé que ardiendo, voy por uno, dos o tres caminos, según decida en cada aquí y ahora.

16 de marzo de 2010

La época antigüa de noche.

I

En un mar púrpura
los ojos lúcidos de luna
dicen verdades a la música.

Se oye el rojo en tu boca,
se huele el amarillo en tu piel
se come el rosa en tu carne
cuando el azul desapareció.

II

Minutos de imposibles
juegan a colorearme
con el pincel de la noche.

Goteros de deseos
brincan en las verdades
escurridizas.

III

Ya he vuelto
ahora vuelo
y sé quien usa
amores de papel
para intentar
llegar a mi nube.

No te pintaste
de mí
sólo dijiste
ya me vine
y ya me fuí.

IV

He vuelto a la luz
de la desolación
al seguir detrás
de los imposibles.

Te he encontrado
de nuevo en el vuelo
mi querida luna.

Sabes que algún día llegará
aquél que vuela conmigo
aún en mi ausencia.

Sabes que mis lágrimas
harán el mar para el viajero
de velas teñidas de nuestro color.

Sabes hermosa luna
que los años son sabios
y pintan las tormentas
con el sabor del sol.

V

El sol es amarillo
aunque tú seas
de otro color.

Mis sueños son de arcoiris
por eso quiero saber
de qué color soy.

A veces quisiera...

Arrancarme las entrañas,
arrebatarme los ojos
morderme la lengua;
atraparme los pasos,
vestirme de monja el corazón
ser ya sólo razón,
quitarme las ganas de sabor
y pensar que el tiempo
ya no es diapasón.

Sólo para no volver a enamorarme.